Copyright (C) 2016 José Payá Beltrán
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VIDA                                                              

 

    Vine al mundo el día 12 de febrero de 1970 en Biar, un pueblo de la montaña alicantina de poco más de tres mil habitantes. Mis padres —él transportista, ella ama de casa— se habían casado diez meses antes. Cuando yo nací, mi padre tenía veintiséis años y mi madre, veintidós. Soy el mayor de tres hermanos: Remigio, con quien me llevo dieciocho meses, y Mª Gracia, que vino al mundo faltando una semana para que se cumpliesen tres años desde mi nacimiento. Mi madre, pues, nos alumbró en menos de tres años y antes de cumplir los veintiséis.

 

    Desde que tengo conciencia tuve muy clara mi vocación: quería ser escritor. Rememoro a un niño de siete u ocho años inventando historias que escribía en una libreta a cuadros y a mi tío Emilio, el único hermano de mi madre, ilustrándolas, porque siempre se le dio muy bien el dibujo. Más tarde me recuerdo inventando tramas policíacas que relataba a mis compañeros camino del colegio o ahorrando hasta la última peseta de la cuota semanal que me daban para comprarme algún libro en la Librería Román en la calle Mayor del pueblo.

    El regalo de una máquina de escribir con motivo de mi primera comunión fue el acicate que ese niño, con la cabeza hirviendo de fantasías, necesitaba. Todavía conservo las historias y narraciones que escribí en aquella vieja Olivetti. Mi madre me inscribió a una academia de mecanografía: podía haber superado los cursos en dos años, pero tardé casi cuatro porque en lugar de mecanografiar las cartas comerciales que nos mandaba la profesora, me ponía a pasar “a limpio” las historias que la tarde antes había inventado y escrito en una libreta. No por ello dejé de aprender mecanografía… y además aprendí mucho sobre cómo debía o no debía escribir algo parecido a la literatura.

    Transcurrió mi adolescencia y primera juventud entre decenas de libros que devoraba con fruición y cientos de hojas que emborronaba imitando a aquellos que admiraba (Dostoievski, Borges, Cortázar, Chesterton, Faulkner…). Hasta que encontré mi voz o, al menos, algo parecido a una voz propia, particular, única. Los estudios de Filología Hispánica, en la Universidad de Alicante, fueron, sin duda, el detonante, la espoleta que necesitaba para dar el salto.

 

    Ojeo ahora relatos escritos a finales de los 80 y encuentro un enorme salto cualitativo con aquellos inventados a principios de los 90, como si de repente, de sopetón, aquello que había estado buscando durante tantos años se me hubiera aparecido sin aviso.

 

    Pero con la voz propia llegó también el afán por darse a conocer, por ver publicada la obra. Mado y Juan, mis grandes amigos alcoyanos, me dieron una oportunidad en su revista (ya extinta) El pie restante. Gracias.

 

    Tras tres años de noviazgo, me casé con Ana en marzo de 2000.

 

    Al año siguiente nació nuestra hija María. Fue esta una época intensa en la que me volqué en el estudio del temario de oposiciones y conseguí aprobarlas. Por ese motivo, hasta el año 2007 vivimos en diversos lugares de Andalucía: El Arahal y Montellano (Sevilla), Ubrique (Cádiz), Alhaurín de la Torre y Fuengirola (Málaga), Sorbas y Carboneras (Almería) y Zújar (Granada), donde, en 2006, nació nuestro hijo Pepe. Fueron años de viajes continuos pero también de nuevas y excelentes experiencias, de cantidad de amigos que nos ayudaron en nuestro periplo e hicieron que nuestro alejamiento del hogar fuera ligero y agradable.

    En 2004 publiqué mi primera novela, Castilla o Los veranos. De aquí nace mi relación y amistad con el editor de Agua Clara, Luis Bonmatí: maestro y amigo que siempre me ha animado en mis dudas y me ha ayudado en mis caídas.

 

    Por aquel entonces ya comenzaba a ser algo conocido merced a las críticas literarias que firmaba en el suplemento cultural “Arte y Letras”, del diario Información, de Alicante. Fue otro gran amigo, Emilio Soler, quien me dio esta oportunidad. Y yo he procurado, en la medida de mis posibilidades, corresponderle siempre.

 

    Giro la cabeza, miro hacia atrás y me doy cuenta de que apenas han pasado diez años (hoy que escribo esto es noviembre de 2013) desde que publiqué mi primer libro y ya son seis los que he conseguido sacar a la luz: seis hijos literarios que me han ido desvelando durante cada embarazo, junto con varios más que se quedaron por el camino (abortos de letras y páginas) o que todavía aguardan a ver la luz ocultos en la incubadora del cajón del despacho. ¡Cuánto afán…!

Como dijo Unamuno: «Si escribes, que nadie sepa cómo escribes, ni a qué horas, ni de qué modo.» Y así, yo insisto…